Luscofusco: Despacho de comidas y bebidas

11.1.16


Si algún día, por esas cosas de la vida, llegan a la intersección de las rutas 188 y 33 traten de que sea de martes a sábado y calculen los kilómetros a recorrer desde donde estén para que la llegada sea de noche.
Tomen además la precaución, recomendación personal, de reservar cama en algún hotel de la ciudad, porque a los que como a mí nos gusta comer, el lugar del que les quiero hablar merece una oportunidad y disfrutarlo hasta que las velas no ardan, especialmente si se trata de una noche de verano como la que nos tocó en suerte.

Mi madre siempre dice que este reducto gastronómico está a la altura de muchos restaurantes de Buenos Aires. Pero yo le redoblo el halago, diciendo que bien podría estar en Cariló, Punta del Este o cualquier destino turístico.
Pero su dueño, Leo Leiva a quien quiero presentarles, quiso que estuviese en General Villegas, la ciudad que lo vio nacer y que también vio nacer a Manuel Puig y Antonio Carrizo (eso unos cuantos años antes!), y que bautizó con el nombre de Luscofusco.

Luscofusco: expresión gallega que significa momento del día entre el atardecer y la noche, cuando se dibujan en el horizonte los colores de la retirada del sol.
Y es durante el luscofusco que se abren las puertas que permiten entrar a este mundo rebozante de sabores, personalidad, aromas y detalles.

La puerta colorada o rojo según gusten, llama la atención, en una ciudad tranquila, donde la mayoría de las puertas no pasan del marrón, blanco, verde o negro. Ciudad de casas bajas, donde los vecinos salen a “veredear” o dar la “vuelta al perro” llegada la tardecita y en la que la hora de la siesta es sagrada.
Traspasar esa puerta implica tener tiempo, para hacerlo despacio, observando cada detalle, cada  rincón, mientras la música de fondo invita a relajarse y a dejarse llevar en esta vieja casa con zaguán. 
En nuestro caso arribamos temprano, reserva mediante y recomendada, para tener la oportunidad de capturar instantáneas que, ya con público sabía, no serian lo mismo.



Nos recibió el "alma mater"de este reducto, Leo, con su trato afable y presencia erguida mientras, y sin descuidar la atención para con nosotros, supervisaba cada uno de los detalles como quien detrás del telón repasa cada escena de la obra antes de que las luces se enciendan.
La mesa, en el patio, nos esperaba debajo de un árbol frutal, mientras el murmullo del agua sonaba desde el pequeño jardín acuático ubicado estratégicamente a mitad de camino entre las mesas del interior y el exterior.
Poca luz, tenue, de esa que te deja ver pero no. Esa que bien ubicada solo hace aún más encantador lo ya encantado.


Fotos de rigor obviamente, como queriendo desmenuzar en imágenes el lugar.





Inspección detallada del menú “Picoleo”. Una especie de buffet-tapeo a la vista que llama la atención por donde se lo mire y al que uno puede sumar un plato principal elegido entre varias opciones (que en este caso decidimos pasar por alto) y por supuesto postre para concluir.

Mientras tanto…  iba llegando gente al baile y al sonido del agua se sumaban los saludos entre parroquianos.

Pero volvamos al menú que es para lo que fuimos: ¡a comer!
Picoleo: de todo lo que quieras cuantas veces quieras y en el orden que gustes.
Cebollitas glaceadas, tabla de quesos, bruschettas con jamón crudo,  chauchas y zanahorias salteadas, papas asadas, humita.
Imperdible las peras con morcilla a las que podés agregarle  queso azul a gusto y piacere. Escabeches varios. Tomates rellenos.
Graten de berenjenas, tomate y queso.
Papas con perejil y chorizo. 
Ensalada de melón con ananá y cerezas: celestial! La infaltable Waldorf.
Champignones salteados. Vitel toné. Cous cous. Huevitos rellenos. Fritatta.
 
 


Debo confesar: a excepción de los tomates y huevos rellenos que ya había comido en casa de mis padres probé todo el resto. Y si de confesiones se trata más de una vez volví por la ensalada de melón, los champignones y las cebollitas glaceadas.

Todo en su punto justo. No hubo necesidad de sal ni pimienta extra. Sabores equilibrados. Simples. Ricos. Cada cosa sabía a lo que era. Amor, mucho amor por lo que se hace en cada bocado.

¿Para acompañar? Un rico vino, Agostino Inicio Chardonnay, que uno elige directamente de la bodega que está junto a la cocina y que ahí mismo descorcha y lleva a su mesa. Como si estuvieras en tu propia casa.
Me emocioné cuando al pedido de agua con gas el sifón hizo acto de presencia en la mesa… ¡amarillo radiante el sifón! Como diciendo: ¡acá estoy!  Fue un viaje en el tiempo… a mis pagos y a mí niñez: aún puedo ver el carro del sodero paseando por las calles de Ameghino.


Para el momento del postre, Leo se acerca a tu mesa y sin repetir y sin chistar te recita, como a la vieja usanza, la oferta del día.
Momento difícil si los hay porque acá sí hay que decidirse por uno. Ya no corre eso de un poco de cada cosa cuantas veces quieras.
Lo pensamos, meditamos, le pedimos tiempo y finalmente confirmamos: crème brulée, locura de chocolate (base de brownie con dulce de leche y merengue. helado de crema casero y cerezas) y para el tercero e indeciso confiamos en la sugerencia de Leo: Sorbete de frutos rojos con ron a gusto y piacere. 




Dejamos pasar la oferta de un rico té después de la cena. 
Para estas alturas los colores que marcan el luscofusco habían desaparecido y solo quedaba un cielo brillante y lleno de estrellas como queriendo anunciar la partida y el viaje de regreso de 60 Km. que nos quedaba por delante.
Me costó aceptarlo y sentir que de alguna forma la magia del lugar iba a quedar atrás.
Volví con la mirada a repasar cada uno de los detalles haciendo el camino de salida, mientras por educación (cosa típica del interior) saludábamos a los comensales que aún seguían en el lugar.
Despedimos a Leo en medio de sus idas y venidas entre las mesas, mientras recomendaba vinos, postres, recibía algún tardío comensal o conversaba con alguno ya ubicado.
No sé si fue efecto del vino, pero a la salida olvidé firmar el libro que abierto espera los comentarios y halagos de cada noche. Pero confío en que este pequeño relato vaya a parar a esas páginas.


En la primera clase del primer día de mis estudios de hotelería el profesor que nos tocó recuerdo que, tras presentarse, dijo algo que me quedó grabado para siempre: para seguir esta carrera solo tienen que preguntarse si tienen espíritu y vocación de servicio, porque el resto lo pueden adquirir, pero la vocación no.
Y Leo tiene esa vocación innata y algo extra que se refleja en cada gesto, cada detalle, cada palabra, cada noche: pasión y excelencia.
Esa noche no hubo tiempo para charlar un poco con él, ajetreado como estaba en lo que tanto disfruta hacer, pero a los pocos días nos llamamos por teléfono y me contó un poco de su historia que no hace sino confirmar que Luscofusco es su pasión, su yo más íntimo, es él mismo en cada sabor, en cada detalle, en cada combinación, en cada receta, en cada día.

Supo estudiar arquitectura para después pasar a abogacía con materias con 10. Para costear su vida trabajaba en un kiosco de revistas a pasos del Obelisco cuando por casualidad un domingo cualquiera de hace casi 25 años atrás una persona comió algo que él había preparado en casa de unos amigos en Pilar. Antes de irse esta persona le dijo: te gustaría cocinar con el Gato Dumas? A quien no pensó él.
A los pocos días tocaban el timbre de su casa: el Gato quería entrevistarlo. Eran tiempos donde no se cobraba por trabajar con él sino que casi uno le pagaba por hacerlo. Ahí empezó, primero en un restaurante que el Gato tenía en Belgrano "Carpaccio" y después, por mérito propio, pasó al de Recoleta. Fueron años de sacrificios y desafíos pero donde confirmaba que ni la arquitectura ni la abogacía eran su pasión.
Siguió creciendo en conocimiento y habilidades en España, para luego por distintos motivos volver a la ciudad que lo vió crecer y regalarnos la experiencia "Luscofusco", que en algún momento supo llamarse "Boquitas Pintadas" pero eso, es parte de otra historia, que prometió algún día contarme. 

Leo: Gracias por hacer de Luscofusco un lugar mágico y por recibirnos y hacernos sentir como en nuestra propia casa!
Brindo porque noche tras noche siga cayendo “gente al baile” en ese momento del día entre el atardecer y la noche, cuando se dibujan en el horizonte los colores de la retirada del sol y la puerta colorada se abre de par en par para dar comienzo a la función!  
Sé que tu desafío es que la gente que va vuelva. Misión cumplida al menos conmigo: volveré!

Salud! 

Luscofusco
Arenales 367. General Villegas. Pvcia de Buenos Aires
Tel:  03388 15419779 (reserva previa recomendada)
Martes a Sábado por la noche únicamente 


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4 comentarios:

  1. Anónimo14.1.16

    Clarisimas palabras. Excelente eleccion quien decida pasar un rato gastronimico/placentero por este maravilloso rincon en Gral. Villegas. Vale mucho mas que la pena viajar los km que sean necesarios para cenar en este lugar. FELICITACIONES LEO

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    1. Anónimo me uno a tus felicitaciones para Leo una vez más!!!

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  2. Hola Ale! Cómo andas?! Llegue a vos por tu comentario en mi blog! Gracias por pasar, no conocía tu blog y quede muy encantada! Una seguidora más al feed! Lindisimas fotos, tu manera de escribir y las fotos!!... Nos vemos prontito e! Beso enorme :)

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    1. Hola Micaela!!! Gracias por pasar por acá! Que bueno que podamos quedar en contacto cibernéticamente! Besos, buena semana y que nos sigas deleitando con tus preparaciones dulces!!!

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Me encantaría poder leer tus comentarios.....

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